Cuando Jesús Sacramentado llamó a la puerta en la Parroquia Vieja

Ciudad de Guatemala, Guatemala
Texto: Yo Cucurucho

Fotos: Yo Cucurucho
Fuente: Libro “El Cuerpo de Cristo”. Autor: Sr. Alberto Salazar

Alberto Salazar recuerda que su padre, Vicente Salazar, le contó una anécdota de algo que ocurrió en la ciudad de Guatemala a principios del siglo XX.

 

Era la década de los 20, en ese entonces el párroco de la “Parroquia Vieja” era el Reverendo Padre José Minera. Un grupo de feligreses de la Parroquia, entre ellos el sr. Vicente Salazar, acompañaban al Padre Minera por las tardes cuando había algún culto o rezo, ya que la Misa se celebraba solamente en las mañanas.

Una noche, luego de hacer terminado un rezo y cerrado la iglesia, el Padre Minera se encontraba en la sacristía acompañado únicamente del sr. Salazar dispuestos a jugar una partida de ajedrez, como acostumbraban a hacerlo varias veces a la semana. Se encontraban colocando las piezas en el tablero, cuando en la puerta interior, entre la sacristía y el templo, resonaron tres fuertes “toquidos”.

-Ya dejamos a alguien encerrado Chente.
-Así parece Padre, hay que ver quién es.

Uniendo la acción a la palabra, abrieron la puerta y lo curioso es que no había nadie.

-¿Oíste de veras los “toquidos”?
-Sí Padre, pero debe haber sido un ruido cualquiera

Dicho esto, volvieron tranquilamente a la mesa y continuaron colocando las piezas en el tablero; de repente, resonaron aún más fuertes los golpes en la puerta. Con voz asustada, el padre dijo: “Alguien nos quiere jugar una broma por lo visto“, y dirigiéndose a la puerta, no sólo la abrieron, sino que encendieron las luces y revisaron por todos los rincones, bajo la banca y aún dentro del confesionario…¡sin encontrar a nadie!.

Mi papá me aseguraba – relata Alberto Salazar- que nunca fue supersticioso; pero en ese momento, no dejó de sentir algo de miedo y más aún al regresar a la sacristía, pues cuando cerraron la puerta, de manera inmediata, como si alguien hubiese estado del otro lado, se reprodujeron de nuevo y con más fuerza los “toquidos”.

Escucharlos y abrir la puerta fue todo uno y entonces, la voz tranquila y calmada del padre Minera resonó: “no te preocupes Chente, es ‘el Ángel del Señor”, mira…la lámpara del sagrario está apagada“.

Efectivamente, la luz de la lámpara de aceite que ardía perennemente ante Jesús Sacramentado, se había extinguido. Renovaron el aceite, la encendieron, devotamente rezaron una estación ante el Santísimo, volvieron a la sacristía y sin más molestía, concluyeron su partida de ajedrez, mientras saboreaban su “café con champurradas”.

Este hecho sencillo -cuenta don Alberto-, narrado por mi padre, que no tenía por que mentir al respecto, impresionó hondamente mi corazón de niño y afirmó en mí, la fe en la presencia de Jesús en la Eucaristía.

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