Bicentenario de Catedral Metropolitana: Pinturas en la Nave Central

Adoración de los Reyes

Ciudad de Guatemala, Guatemala
Texto: Yo Cucurucho
Fotos: Yo Cucurucho
Fuentes: Catedral Metropolitana / catedralbicentenaria.org

Luego de que fueran aprobados, el 20 de octubre de 1781, los planos diseñados por Ibáñez, se inician las obras para la construcción de la Catedral. Fue el día de Santiago Apóstol, 25 de julio, del año de 1782 que se bendice la primera piedra de la construcción. En el año de 1815 toma posesión como Arzobispo de Guatemala Monseñor Casaus quien, estableció que debía de ser inaugurado el nuevo templo.

El día 15 de marzo se realizó la procesión de la Virgen del Socorro, desde el Templo de Santa Rosa (que había sido la Catedral provisional) hacía el nuevo templo y fue, el día 16 de marzo de 1815, que la Santa Iglesia Catedral fue estrenada oficialmente. En Catedral Metropolitana podemos apreciar, en la Nave Central, bellísimos cuadros pintados en 1673, un total de 14, de Pedro Ramírez. En este año, 2015, queremos presentar una serie de reportajes para unirnos a la celebración del Bicentenario de Catedral Metropolitana y, en esta ocasión, les compartimos una galería fotográfica de los cuadros de la vida de la Santísima Virgen.

La presentación al Templo
El cuadro recuerda el momento en que los padres del Niño Jesús, siguiendo la ley de Moisés, se presentan en el templo para consagrar a su primogénito al Señor y, al mismo tiempo, para la ceremonia de purificación de la madre, cuarenta días después del parto. La escena se desarrolla en el interior del templo. La Virgen María y San José están de rodillas mientras el Sumo Sacerdote sostiene al Niño Jesús. San José sostiene en la diestra un cirio encendido, y en la mano izquierda los dos pichones de la ofrenda. Al fondo se ve otro personaje sosteniendo otro cirio, haciendo alusión al texto de Lucas 2,32: <<Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel>>. Además de un fondo arquitectónico sumamente iluminado y un cortinaje púrpura de pliegues amplios, completa la escena el hermoso altar frente al Sumo Sacerdote.

La adoración de los Reyes
En primer plano, está la magnífica figura del rey Gaspar, que observa al espectador. Sobresale la figura de la Virgen María con el Niño Jesís en brazos, y el rey Melchor hincado delante. Es de notar el tierno gesto del Niño Jesús, que posa su mano sobre el anciano y lo bendice. San José está detrás de la Virgen María. Baltasar, al fondo, contempla la escena. Los tres Reyes llevan ricos dones para el Niño Jesús. De un intenso claroscuro, llaman la atención los elaborados y elegantes trajes y turbantes de los personajes.

Huída a Egipto
En la composición vemos en primer plano a San José, quien viaja a pie: su rostro revela, a la vez, dulzura pero también vigor y fortaleza interior. En un segundo plano aparece la Virgen María, quien cabalga sobre un asno llevando en sus brazos al Niño Jesús. Se le ve ensimismada y sombría; su gesto de aflicción ese nota incluso en sus dedos entrelazados, postura típica de las imágenes de la Virgen de Dolores. Completa el tono dramático del cuadro el que la escena está situada de noche, en consonancia con el relato del evangelista Mateo.

Niño Jesús entre los Doctores
En la composición de Ramírez, el Niño Jesús ocupa el lugar central, sentado en un sitial sobre una plataforma. Sus padres asoman por el lado izquierdo del cuadro. Llama la atención la dulzura y belleza del rostro del Niño, que bendice con su mano derecha. Al frente se ven los doctores de la Ley, argumentando con el niño. Completa el cuadro un cortinaje de color púrpura, que permite ver el fonde cálidamente iluminado.

El tránsito de San José
El cuadro representa el momento de la muerte de San José en presencia de la Virgen María y de Jesús. Nuestro Señor Jesucristo, en la edad madura, se sienta al pie de la cama y toma la mano del moribundo padre, mientras lo bendice. Su rostro, visto de tres cuartos de perfil, es dulce y muy hermoso. La Virgen María permanece también al lado del debilitado esposo. Completan la escena dos ángeles, uno que sostiene la cabeza de San José y el otro ora al Altísimo. Ramírez sitúa las figuras en diferentes planos para dar la impresión de profundidad; también genera un gran contrasste de luces y sombras aprovechando la luz que viene del cielo y que irrumple en la habitación. En esta pintura se puede encontrar claramente la firma del autor en el travesaño del sillón donde se sienta la Virgen María. Se lee claramente: “Ramírez fat”; siendo “fat” una abreviatura para “faciebat”: hacía.

Pentecostés
Ramírez, como otros pintores novohispanos, coloca a la Virgen María en el centro de la composición, rodeada por los apóstoles, los cuales son colocados en distintos niveles y planos de profundidad. Ella está en actitud orante y sostiene sobre sus piernas el libro abierto de las Sagradas Escrituras. Su rostro se ve lozano y sereno vuelto hacia el cielo, de donde desciende el Espíritu en forma de paloma dentro de un rompimiento de gloria y asociado a las lenguas de fuego que se posan sobre ella y los apóstoles. De entre los apóstoles, se reconocen en el primer plano del lienzo a San Pedro y a su hermano Andrés.

La Asunción
Pedro Ramírez coloca a la Virgen María en el centro de la composición, de rodillas y con los brazos abiertos y la mirada dirigida a las alturas; a ella la elevan cuatro ángeles. Otros dos angelitos, en vuelo, sostienen una corona de rosas sobre la cabeza de la reina del cielo. Un cielo nuboso sirve de fondo a la composición, realzando la luz que emite la Virgen llevada a la gloria de Dios.

La Inmaculada Concepción
El autor consigue expresar, a través de la belleza del rostro de la Virgen, que el alma de María fue preservada de toda mancha de pecado original. La Virgen viste túnica blanca, símbolo de pureza, y manto azul, símbolo de eternidad y sabiduría. De la visión del apóstol san Juan en el libro del Apocalípsis, se incluyen el sol, la luna y las doce estrellas. El astro solar, detrás de la Virgen, alude a Jesucristo. La luna es signo de la virginidad. Las doce estrellas simbolizan al pueblo de Dios en las doce tribus de Israel o los doce apóstoles. Otros símbolos iconográficos fueron tomados del Cantar de los Cantares, el Eclesiastés y los Salmos: el espejo sin mancha, la vara de azucena, el lirio, las rosas y el ramo de olivo.

El nacimiento de la Virgen
Representa a Nuestra Señora recién nacida en los brazos de Santa Ana, su madre, quien la sostiene mientras está todavía recostada en una hermosa cama con dosel. Al pie está San Joaquín, el padre de la nuña. También aparecen tres jóvenes, una al frente, sentada y bordando; otra, llevando un plato con un vaso y un cubierto; la tercera trayendo un plato con sopa. Todas ellas están ubicadas en distintos planos, dando la impresión de profundidad espacial al cuadro. Además de los ricos damascos que cubren la cama, la pintura presenta algunos rasgos típicos del estilo del pintor español Francisco de Zurbarán, como son las telas monocromas, los cortinajes suntiosos y el fuerte contraste de luces y sombras.

La Anunciación
Ramírez ha usado una fórmula compositiva típicamente novohispana: el arcángel Gabriel está situado de pie, con una vara de azucenas, al lado izquierdo del lienzo, mientras que la Virgen María aparece de rodillas, junto a una mesa en que se encuentran las Sagradas Escrituras, al lado derecho. La escena tiene una atmósfera de gloria celestial, especialmente por el luminoso rompimiento de gloria donde se muetran al Padre Eterno y al Espíritu Santo emanando rayos de luz. La expresión de los rostros de Gabriel y la Virgen complementan esta atmósfera de unción y gloria celestial del lienzo. Llama la atención el laborioso desarrollo de los ropajes, típico del período barroco; el arcángel Gabriel luce una túnica femoral café sobre una túnica talar blanca y banda roja; calza hermosas botas. María, por su parte, tiene una suave túnica rosada con manto azul y un sutil velo que cubre su cabello.

La Visitación
El episodio tiene lugar en el umbral de la puerta de la ciudad. El abrazo de las santas mujeres ocupa el centro de la composición: ambas se inscriben en una especie de pirámide donde sobresale la Madre de Cristo. El rostro de la Virgen María manifiesta una intensa vida interior. Asimismo, la expresión del resto de los personajes, el empleo de un escenario que acentúa el claroscuro y le da profundidad a la composición, el vigoroso contraste entre luces y sombras, todos son rasgos que enlazan este lienzo con la obra de Francisco de Zurbarán.

La adoración de los pastores
Se presenta a la Sagrada Familia rodeada de los pastores en una noche oscura, iluminada únicamente por la luz que desciende de lo alto. El Niño Jesús está en el centro de la composición; de él emana una intensa luz que desciende de lo alto. El Niño sobrenatural de verdadero Dios y verdadero hombre, aludiendo también a su misión de ser luz que brilla en medio de las tinieblas. Alrededor del Niño se disponen sus padres y un pastor arrodillado, todos ellos en actitud devota y orante. Completan la escena otros cuatro pastores, dos a cada lado de la escena central. El episodio sucede durante la noche, adornada por estrellas titilantes. Al pie de la escena se ven do de los obsequios de los pastores: un cordero atado de las patas, que simboliza el sacrificio de Cristo y alude al misterio de la Eucaristía y una canasta de huevos, que son símbolo de esperanza y resurrección.

En Catedral Metropolitana, al lado derecho (viendo de frente al Altar Mayor) se encuentra la puerta lateral, en donde podemos apreciar dos pinturas más.

El triunfo de la Eucaristía
El lienzo muestra la victoria de la fe cristiana en un templo pagano, donde desbarata el ritual de la inmolación de un toro. Todos los que participan del sacrificio huyen despavoridos ante la luz que esparce el sacramento de la Eucaristía, transportado por un ángel en milagrosa aparición. Todas estas imágenes representan en términos alegóricos la victoria de la Iglesia católica sobre los sacrificios paganos con una escena triunfante, desbordada de riqueza visual y dinamismo compositivo, muy al estilo del barroco europeo del siglo XVI y XVII.

El triunfo de la Iglesia
Ramírez pinta un cuadro triunfal encabezado por tres palafreneros que conducen a los cuatro caballos que tiran del carro que transporta a la personificación alegórica de la Iglesia. Este sostiene un ostentorio con el Santísimo Sacramento, mientras un ángel se apresta a coronarla con la tiara papal, la paloma que precede simboliza al Espíritu Santo que guía la Iglesia. Un ángel que cabalga el primer corcel lleva una sombrilla adornada con las llaves de San Pedro; el siguiente ángel sostiene una palma y una corona de laurel, símbolos de victoria. Los otros ángeles tocan trompetas. El carro triunfal pasa encima venciendo al Odio, la Furia, la Discordia, sólo quedan en pie las figuras de la Ceguera y la Ignorancia, también vencidas. Estas imágenes representan en términos alegóricos la victoria de la Iglesia católica con una escena triunfante, desbordada de riqueza visual y dinamismo compositivo, muy al estilo del barrólo europeo del siglo XVI y XVII

Algunos datos sobre el pintor
Pedro Ramírez de Contreras, llamado “el mozo” o “el joven”, nació en la ciudad de México en 1638 y murió en 1679. Se le conoció como un seguidor de prmer orden de Francisco de Zurbarán, de quien adoptó el claroscurismo. Tuvo relación con otros grandes pintores novohispanos, como José Juárez. En su tiempo, la técnica naturalista caracteriza a los pintores dándole a sus obras un vivo contraste de luces y sombras, un gran realismo en el tratamiento de rostros y telas, así como el empleo de modelos basados en obras de Pedro Pablo Rubens. Este y los demás lienzos de la colección fueron retocados por el gran pintor guatemalteco Juan José Rosales en 1815 para la inauguración de Catedral Metropolitana.

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