[Tercera Palabra] – Mujer, he ahí a tu hijo

Ciudad de Guatemala, Guatemala
Texto: Yo Cucurucho
Fotos: Yo Cucurucho
Fuente: Las Últimas Palabras de Jesús. J. Sheen

Mujer, he ahí a tu hijo

San José, Santuario Arquidiocesano, Virgen de Dolores, Previa, Cucurucho, Yo CucuruchoDesde el grandioso trono blanco de la luz en el cuelo salió un ángel de luz. Descendió a las llanuras de Esdrelón en Palestina, pasó de largo frente a las hijas de grandes reinos e imperios y llegó a una humilde virgen de Nazaret, se arrodilló en oración y dijo: “Dios te salve, lleba de gracia, el Señor está contigo”. No eran palabras, sino la Palabra. “Y la Palabra se hizo carne”. Era la primera anunciación.

A los nueve meses, el mismo ángel del grandioso trono blanco de la luz en el cielo, bajó a las colinas de Judea en Palestina y comunicó a los pastores el gozo del “Gloria a Dios en las alturas”, y les ordenó adorar a Dios convertido ahora en un “niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. La eternidad se había vuelto tiempo, la divinidad se había vuelto humana, Dios se había hecho hombre, el Todopoderoso se había vuelto hermano. San Lucas lo expresa diciendo que “María dio a luz a su primogénito…y lo puso en un pesebre”. Ésta fue la primera natividad.
Más tare, vemos al joven divino ocupado en la carpintería de Nazaret hasta el día de su bautismo de sangre. En esa carpintería fabrica una pequeña cruz, anticipadora de la enorme cruz que un día llevaría al Calvario, Es fácil imaginar a Jesús en el atardecer de un día de trabajo pesado, en el banco del carpintero, estirando sus brazos y sus manos en agotadora relajación, mientras el sol poniente dibuja en la pared opuesta la silueta de un hombre sobre la cruz. No es raro imaginar a la Virgen María viendo en cada clavo la profecía y la revelación del día en que los hombres fabricarían la cruz para el Dios que había creado el universo.
Nazaret se trasladará al Calvario y los clavos del taller se convertirán en clavos de la maldad humana. Desde la cruz cumplirá su última voluntad y testamento. Ya había ofrecido su sangre a la Iglesia, había dado sus vestidos a sus enemigos, prometido el paraíso a un ladrón y en minutos entregaría su cuerpo a la tumba y encomendaría su alma al Padre del cielo. ¿A quién, entonces, le entregaría los dos tesoros, María y Juan, a quienes había amado por encima de los demás? Los entregaría en legado mutuo a ambos. Entregaría un hijo a su madre. Y entregaría una madre a su amigo. “¡Mujer!”¡Era la segunda anunciación! La noche oscura, el lugar del silencio, el éxtasis de la oración habían abierto el camino a la montaña del Calvario, al oscuro firmamento y a un Hijo colgando de una cruz. Pero, ¡qué consuelo! Si el que dio el primer anuncio fue un ángel, ahora es la dulce voz de Dios quien da el segundo.
“¡He aquí a tu Hijo!” ¡Fue la segunda natividad! María había dado a luz a su primogénito sin dolor, en la gruta de Belén. Ahora daba a luz a su segundo hijo, a Juan, nacido en los dolores de la cruz. Eran los momentos dolorosos del alumbramiento de María no sólo de su segundo hijo, sino de los millones de hijos que le nacerían en los tiempos posteriores de la Iglesia. Cristo fue el hijo primogénito de María, no porque fuera a tener otros hijos de sangre, sino porque iba a tener otros hijos nacidos de su corazón. La condena de Eva a engendrar sus hijos con dolor se estaba renovando en María, la nueva Eva, porque estaba engendrando los hijos de su corazón en los dolores de la cruz.
María fue la madre de Jesucristo, nuestro Salvador. Pero es también nuestra madre, no por simple cortesía, o por ficción legal, o simple metáfora, sino por el hecho de habernos engendrado con sus dolores al pie de la cruz. Al pie del árbol del bien y del mal, por debilidad y por desobediencia a Dios. Eva perdió el título de madre de todos los vivientes. Al pie del árbol de la cruz, mediante su sacrificio y obediencia, María recuperó para nosotros el título de “Madre de todos los vivientes” ¡Qué hermoso destino tener a la madre de Dios como nuestra madre y a Jesús como nuestro hermano!

Oración
¡Oh, María! En la primera natividad, Jesús nació de tu cuerpo y de tu sangre, así nosotros, en la segunda natividad, hemos nacido de tu espíritu. Nos engendraste y nos hiciste entrar al mundo nuevo de las relaciones espirituales con nuestro Padre Dios, con nuestro hermano Jesús y contigo, nuestra propia madre. Si una madre no puede olvidar al hijo de sus entrañas, entonces, María, tú nunca olvidarás que somos tuyos. Así como fuiste co-redentora en la adquisición de las gracias de la vida eterna, sé también nuestra co-mediadora en su distribución. Contigo todo es posible, porque eres la madre de aquel que todo lo puede. Jesús, tu hijo, no te negó lo que le pediste en las bodas de Caná y tampoco te negará nada de lo que le pidas por nosotros en el banquete del cielo, donde has sido coronada reina de los ángeles y de los santos. Intercede, oh Madre, ante tu divino Hijo para que cambie nuestras debilidades por fuerza espiritual. ¡María, refugio de los pecadores! Ruega por nosotros postrados a los pies de la cruz. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

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