[Segunda Palabra] – Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso

Ciudad de Guatemala, Guatemala
Texto: Yo Cucurucho
Fotos: Yo Cucurucho
Fuente: Las Últimas Palabras de Jesús. J. Sheen

Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso

Procesión, Lunes Santo, Parroquia Vieja, Parroquia de la Santa Cruz, Jesús Nazareno, Jesús de las Tres Potencias, Virgen de Dolores, Semana Santa, Cucurucho, Yo CucuruchoCuenta la leyenda que cuando san José y la Virgen María huían camino de Egipto con el Niño Dios escapando de las iras de Herodes, se detuvieron en una fonda donde María solicitó agua para bañar a su bebé. La mujer de servicio le preguntó si podía bañar a su hijo, que sufría de lepra, en las mismas aguas en las que el Niño Dios estaba siendo sumergido. Con apenas tocar esas aguas bautizadas con la divina presencia, el niño quedó limpio. Su hijo avanzó en edad y llegó a ser ladrón. Era Dimas, el que ahora colgaba en una cruz al lado derecho de Cristo.

No sabemos las razones que tuvo el buen ladrón para mirar a Jesús con cariño. Quizás recordó la historia que le contara su madre un día. Es posible que su primer encuentro con nuestro Salvador hubiera ocurrido cuando al oír la historia de cierto hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de ladrones, su corazón se conmovió. También es probable que su conversión le llegara en medio de los sufrimientos, al lado de nuestro Redentor, leyendo la inscripción puesta sobre la cruz. Su nombre: “Jesús”, su ciudad “Nazaret”, su crimen: “Rey de los judíos”. En esos momentos, en el altar de su alma había suficiente combustible de la mejor calidad, y cuando desde la cruz central se disparó una chispa sobre él, se produjo en su interio la iluminación gloriosa de la fe. Mira la cruz y adora el trono, mira al condenado e invoca a un rey: “Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”.

Por fin alguien había reconocido a Cristo. Ninguna voz de alabanza y gratitud se había levantado de entre el clamor de la chusma delirante, de los deprimentes y generalizados silbidos del pecado, de aquella disparatada sublevación del hombre contra Dios, a excepción de la voz de un condenado que lanzó un grito de fe en la persona que todos habían abandonado. Ese grito fue el testimonio de un ladrón. No nos sorprendería si hubiera sido el hijo de la viuda de Naím, al que Jesús había levantado de entre los muertos; si hubiera sido Pedro, a quien Jesús, en el monte de la transfiguración, le había mostrado su rostro con la brillantez del oro, y sus vestidos con la blancura de la nieve; si hubiera sido el ciego de Jericó, al qu eJesús abrió los ojos a la luz deslumbrante de Dios…Porque si uno de ellos hubiera gritado, es posible que los tímidos discípulos y amigos de Jesús se hubieran reanimado, y hasta los escribas y fariseos hubieran creído. Aparte del pequeño grupo a los pies de la cruz, en aquellos momentos, cuando la muerte caía sobre Él y la derrota lo miraba fijamente a la cara, el único que lo reconoció como Señor y Rey, como capitán de almas, fue un ladrón que estaba a su derecha.

En el momento en que el ladrón daba su testimonio, Crisoto ganaba la más grande victoria que puede obtener una persona. Puso en función todas las energías de cascadas represadas. Estaba muriendo, pero salvando un alma. Y aquel día, cuando ni Herodes ni nadie de su corte lograron hacerlo hablar; cuando ni el poder entero de Jerusalén pudo hacerlo desistir y rechazar su cruz; cuando ni las injustas acusaciones del tribunal lo indujeron a romper su silencio; cuando la chusma que gritaba: “Salvó a otros; que se salve a sí mismo”, logró sacarle a sus retostados labios una réplica, aquel día Jesús se inclinó hacia una temblorosa vidaque estaba a su lado, le habló: “Te aseguro que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”. ¡Salvó a un ladrón! Nadie antes que este ladrón, ni Moisés, ni Juan, ni la Magdalena ni María habían sido destinatarios de esa promesa.

Pero quizá la última oración del ladrón, o quizá la primera. Tocó una sola vez, buscó una sola vez, pidió una sola vez. Se atrevió a todo y lo encontró todo. Cuando con Juan, en su Apocalipsis, vemos en el cielo a un ejército de santos con estolas blancas siguiendo a Cristo conquistador; cuando estamos con Lucas en el Calvario, vemos a aquel que fue el primero en recorrer ese caino. Cristo vivió pobre y murió rico. Sus manos estaban clavadas a la cruz y aún así abrió el paraíso y ganó un alma. Su escolta al cielo fue un ladrón. Y el ladrón murió ladrón, porque se robó el paraíso.

¿Habrá más grande seguridad que la que hay en el mundo de la misericordia de Dios? Ovejas perdidas, hijos pródigos, magdalenas destrozadas, pedros arrepentidos, ladrones perdonados. Tal es el rosario del perdón divino.

Dios tiene más ganas de salvarnos que nosotros mismos. Cuenta la leyenda que un día el Señor se apareció a san Jerónimo y le dijo: “Jerónimo, ¿qué tienes para darme?”. Jerónimo le dijo: “Te doy mis escritos”, a lo que el Señor replicó que no era suficiente. “”Entonces, dijo Jerónimo, ¿qué te daré? ¿Mi vida de penitencia y mortificación?”. “¿Qué tengo yo conmigo que no te haya dado?”, fue el grito de Jerónimo. El Señor le respondió: “Jerónimo, puedes darme tus pecados”.

Oración
Amado Jesús, tu amor por el ladrón arrepentido me recuerda las palabras proféticas del Antiguo Testamento: “Aunque tus pecados sean rojos escarlatas, se volverán blancos como la nieve. Y si son carmesíes se volverán tan blancos como lana”. En tus palabras de perdón al ladrón arrepentido, entiendo ahora el sentido de tus palabras: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”. “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia”. Ahora veo por qué constituiste a Pedro, tu vicario en la tierra, sólo después de haberte negado tres veces: para que la Iglesia, de la que Pedro es cabeza visible, entendiera de una vez por todas lo que quiere decir misericordia y perdón. Jesús, empiezo a ver que si yo nunca hubiera pecado nunca te habría llamado mi Salvador. El ladrón no es el único pecador. Aquí estoy yo. Tú eres el único Salvador.

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